viernes, 30 de septiembre de 2016

Esperando al príncipe Hamlet


Cuando la historia del príncipe Hamlet, nacido Amelethus, que significa hogar, vio la luz hace cuatrocientos años, las promesas al hombre provenían del cielo. Hoy, con el mundo al borde del precipicio, las mentiras que alientan esperanza están en labios humanos. Así que, antes como ahora, la incómoda presencia del príncipe danés se hace imprescindible; máxime cuando hablamos del menú literario de la juventud.
Esta adaptación es, lo sé, una elección arriesgada. Principalmente, porque la obra de Shakespeare no fue escrita para el público adolescente. ¿Qué interés podría tener la gente mediana, en las complejas tramas que se tejen en torno a la muerte de un rey a manos de su hermano? ¿De qué manera se justifica, en términos pedagógicos, la vigencia de Hamlet? Que sea la observación de la sociedad en la que habitamos la que responda a estas cuestiones. Que el mundo que les dejaremos en herencia se pronuncie.
De modo que la nueva boda de la viuda Gertrudis, madre del príncipe Hamlet, la corrupción del poderoso –que se personifica en el hermano traidor-, y el debate interno al que nuestro protagonista se ve empujado –dividido entre tolerar el mal o combatirlo- es material lleno de nutrientes para una juventud que debe tomar conciencia de las ruinas por las que se pasea.
La familiaridad con esos conflictos es donde toman forma las motivaciones de carácter didáctico; y es que el relato muestra de manera sólida, a través del ejemplar compromiso de Hamlet con su conciencia, cuáles son las nobles actitudes de quien tiene estima por la verdad y la justicia.
Porque de eso va esta historia, de aprecio por la nobleza, la verdad y la justicia, ingredientes que conforman a las personas íntegras que no toleran la sumisión al poder que abusa.
A esto hay que añadir un detalle sumamente importante que suele pasar desapercibido: la muerte del monarca a manos de su hermano se produce por introducción de veneno en el oído. Se trata de la alegoría perfecta para expresar los riesgos existentes en escuchar –y creer- lo que no es cierto, lo que perjudica; aquello que se dice para someter la voluntad del oyente, con el fin de paralizar el espíritu crítico hasta lograr matar la conciencia.
En definitiva, la tragedia del bardo británico, por diferentes razones, sigue siendo muy recomendable, para jóvenes y adultos, después de cuatrocientos años.

No hay comentarios:

Publicar un comentario