martes, 16 de febrero de 2016

Sense8 - Limbic Resonance 1x1


Sólo bastan tres minutos desde que la serie arranca para que la música nos acompañe en la presentación -como una cascada que cae con un estilo particular- de los ocho personajes principales de esta gran apuesta de los hermanos Wachowski. No ha sido preciso sino un breve instante para que se produzca la conexión de cada uno de ellos, inadaptados de cuna, con la magia rubia que los viene a rescatar. Se asemeja al parto de octillizos de una mamá con destino fatal. A partir de ahí se desencadena un flujo de conexiones entre las mentes de esos ocho hermanos de emociones que viven en las profundas catacumbas de Londres, Chicago, Nairobi, Seúl, Ciudad de Méjico, Mumbay, Berlín y San Francisco. La bomba. No son meras postales turísticas, sino radiografías de miedos y soledades, machismos y lazos atávicos difíciles de romper.
De aderezo, pequeñas pero intensas dosis de erotismo y sexo, de ese que no se ha prodigado en series de televisión hasta hace relativamente poco. Y se agradece, porque a los tabúes no se les debe reservar sino la desnudez bajo la cálida mirada de un soleado día.
Así que aquí tenemos a esta variopinta fauna carente de orgullo, necesitada de valentía para sobreponerse a las imposiciones de su tiempo y limitado espacio. Los vemos colisionar dramáticamente con las cuatro paredes en las que están encerrados: Mumbay, rebosante de colores y aromas, pero opresiva para un corazón femenino tanto como puede serlo la sofisticada Seúl. Londres te narcotiza, Berlín te mira por encima del hombro y todo Méjico se revela como un enorme armario que no te deja respirar; hasta la libertina San Francisco tropieza con las ansias de una torturada alma que no acaba de encontrar reposo... Ocho hermanos inadaptados y oprimidos por los temores incrustados en el pasado se toman de la mano y caminan, no saben hacia dónde, empujados por su madre. Hay motivos para estar esperanzados; reconocen la diferencia entre estar vivos y vivir muriendo día a día. Merece la pena golpear las paredes, hasta agrietarlas con puños ensangrentados. Y lo harán.

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